El otro Steve McQueen

Supongo que a cualquiera de nosotros el nombre Steve McQueen nos lleva a pensar en la delgada estrella americana del cine de los sesenta, el actor que interpretó al Capitán Virgil Hilts en la Gran Evasión o, once años más tarde, al jefe de bomberos Mike O’Hallorhan en El coloso en llamas. Pero yo vengo a hablaros del otro Steve McQueen: del inglés, del escultor, del fotógrafo, del director que ganó en 2014 el premio de la academia norteamericana de cine a mejor película con su obra 12 años de esclavitud.

Nuestro querido Steve Rodney McQueen creció al Oeste de Londres y, aunque ahora no lo diríais al ver al corpulento afrobritánico, tras sus gafas de pasta y sus camisas bien planchadas fue un destacado futbolista en el equipo St. Georges Colts. Inició sus estudios universitarios en la Hammersmith an West London College y los completó en la Chelsea College of Art and Design donde, obviamente, estudió arte y diseño; y la Goldsmiths College, en la que fue alumno de bellas artes y nació el germen de su interés por filmar. Luego, estudió durante un corto plazo de tiempo en la Tisch School de Nueva York, que abandonó por considerar que no se le permitía experimentar lo suficiente durante su progreso. Desde entonces, y a lo largo de su carrera, su máxima ha sido la experimentación. Si decidís visitar su perfil de IMDB descubriréis que, además de los tres largometrajes que ha dirigido, tiene veinticinco cortos, de los cuales ha protagonizado cinco, que la mayoría son en blanco y negro, además de mudos, y que contienen influencias del movimiento francés de la Nouvelle Vague o de las películas del mismísimo Andy Warhol, Rey del Pop Art. Todos para proyectar en una (o varias) de las paredes blancas de una galería de arte.

Hablamos de un director que se centra eminentemente en la fotografía, en lo estético, pero que es implacable al transmitir emociones. Sus películas, a pesar de ser crudos reflejos de la realidad, no dejan de ser bellas. En la misma escena pueden conseguir ser perturbadoras y mantenerte contemplando la belleza de la imagen. Son preciosos retratos de un momento cruel. Y es esta característica la que lo hace especial y la que me ha llevado a traer sus tres únicas obras de larga duración para recomendarlas y, que si no lo habéis hecho ya, os atreváis a verlas.

Hunger

Hunger

Hunger, de 2008, es el debut de McQueen en el largometraje. En ella cuenta, junto a Enda Walsh y con un presupuesto muy reducido, las que serían las últimas vivencias del líder del IRA (Ejército Republicano Irlandés) Bobby Sands cuando, el 1 de marzo de 1981, convocó una huelga de hambre entre los presos del movimiento hechos por el Gobierno Británico, culminando cinco años de protestas como fueron la Protesta de las mantas, en la que los reos cambiaban sus uniformes por sábanas; o la Protesta sucia, durante la cual rehusaron asearse y usaron sus excrementos para embadurnar las paredes de sus celdas. Todo por recuperar la Categoría Especial para los paramilitares convictos, que les había sido negada en 1976 como parte de una política de “criminalización” puesta en práctica por las autoridades de Londres. Es un film doloroso, gris, asfixiante y chocante que, sin embargo, no pierde en ningún momento el sentido de la estética y en el que se nos regalan escenas como aquella en la que Sands, interpretado por Michael Fassbender (Prometheus, 2012), conversa con un cura antes de convocar la huelga. Son 18 minutos de plano secuencia, en una toma fija, en la que se explica lo que está a por venir acompañando las palabras con tabaco, pues al protagonista le da tiempo de fumarse dos cigarrillos antes de terminar.

El metraje es explícito y sincero a todos los niveles, y sitúa al espectador en atmósferas incómodas que reflejan la enfermedad y la ruptura del protagonista. Un Fassbender que en los huesos y desgastado hace esfuerzos inútiles por luchar contra el dolor. Estremecedor.

Shame

Shame

Esta película, que llegó a las pantallas en 2011, es la historia de cómo una obsesión destroza a una persona. El guión, escrito a cuatro manos entre el propio McQueen y Abi Morgan (La dama de Hierro, 2011), y protagonizado, de nuevo, por el alemán criado en Irlanda, Michael Fassbender, narra la historia de Brandon Sullivan, un atractivo ejecutivo neoyorkino que ronda la treintena y que ha desarrollado una adicción por el sexo que lo lleva a comportamientos compulsivos y estados emocionales peligrosos. Ve porno, liga en bares o en el metro, contrata prostitutas y los servicios de actrices de webcam… Es su día a día. Al menos lo es hasta que regresa a su vida su efervescente hermana Sissy,  a la que pone cara Carey Mulligan (A propósito de Llewyn Davis, 2013), y que, con no menos problemas que él, interrumpe su rutina calculada de masturbaciones y encuentros sexuales trayendo un caos inesperado y enervante a su vida.

Sin duda, es una película que busca provocar de forma deliberada. A pesar de su forma explícita y decorativa de tratar el sexo, no hace del visionado algo agradable para el espectador, sino más bien al contrario. Refleja a la perfección la ansiedad del personaje principal y su sensación de angustia, que trata de cumplir con una necesidad y no de conseguir un placer. Y es precisamente en lo que acierta este largo: en su forma de extraer lo más desagradable de una experiencia que en principio debería ser confortable.

McQueen nos regala aquí otro plano secuencia para recordar. Uno en el que Sullivan, incapaz de llevar una vida “normal”, huye de si mismo por las calles de Nueva York.

12 años de esclavitud

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En esta ocasión, hablamos de otro momento real llevado a la gran pantalla. Se parte de la autobiografía de Solomon Northup, un afroamericano nacido libre secuestrado en 1841 para ser vendido como esclavo, que John Ridley (Tres Reyes, 1999) transforma en un guión. A Northup, carpintero y experto violinista nacido en Nueva York, que es obligado a ocultar su condición de hombre libre, se le arrebata todo, incluído el nombre, que es cambiado por el de un esclavo fugitivo de Georgia llamado Platt, y se ve forzado a iniciar un recorrido de doce años de opresión y constante sufrimiento.

A pesar de tener un presupuesto de producción de 20 millones de dólares, que Hollywood consideraría bastante escaso, la lista de nombres en los créditos es ahora casi interminable: Chiwetel Ejiofor, Brad Pitt, Michael Fassbender (si, otra vez), Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti, Lupita Nyong’o… Y, además, la música corre a cargo de Hans Zimmer aunque se autoplagie y reutilice. Es una producción mucho más ambiciosa que las dos anteriores y, sin ninguna duda, la más conocida de las tres gracias, en gran parte, al circuito de celebraciones en las que no paró de recoger un premio tras otro: el BAFTA, Globo de ORO y Oscar a mejor película del año.

Como en las otras dos obras de las que acabamos de hablar, el director conserva su faceta estética y su narrativa visual; y cuenta la historia generando el ambiente necesario, apoyándose en un guión tremendamente sólido. Huye de los maniqueísmos, en los que se podría caer con facilidad en una historia de este tipo, y se olvida de la esclavitud y el racismo para hablar de algo mucho más universal: la crueldad del ser humano.

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