Transmetropolitan

No sé con certeza cuándo fue, pero puedo deciros cómo empecé mi relación con Spider Jerusalem. En la parte de atrás del negocio en el que aún trabajan mis padres había una pequeña venta a la que acudí para comprar tebeos semanalmente, de forma casi religiosa, durante muchos años. La mayoría de las veces me llevaba conmigo cualquier historia de Mortadelo y Filemón, del gran Ibáñez; y otras, las menos, algún número suelto de La patrulla X o similar. Si alguien hiciera una película sobre mi vida, podría hacer aquí un estupendo montaje para mostrar cómo crecí yendo y viniendo de la venta como si fuera Simba cruzando el famoso puente en el Rey León. Pero, inevitablemente, la mujer que lo regentaba acabó por jubilarse y traspasar el negocio. Cuando se vio recogiendo sus pertenencias del local, supongo que hubo muchas cosas con las que no supo qué hacer y alguna mercancía que no iba a poder aprovechar ni podía devolver al proveedor. Así, conseguí algunos cómics gratis y de una variedad a la que nunca me había acercado. La señora dejó para mi algunos números del Midnight Nation de J. Michael Straczynski, algunas historietas pulp de una colección de Planeta… y Transmetropolitan. Un sonriente y tatuado hombre calvo, con las gafas más extrañas que podrías encontrar, sostenía un humeante cigarrillo entre los dedos  mientras me dirigía una mirada desafiante desde la portada de aquel número de aquella colección editada por Norma. Era el violento, infalible, histriónico e infame Spider Jerusalem.

Spider

Transmetropolitan fue dado a luz, en 1997, por el guionista inglés Warren Ellis y el dibujante Darick Robertson para un sello de DC llamado Helix en el que se quiso apostar por las historias de ciencia ficción -aunque más tarde pasó a formar parte de Vertigo-. Recibieron total carta blanca para hacer el proyecto, y diseñaron una obra ciberpunk en la que se usa el futuro para escrutar el presente desde los ojos de un periodista cuya personalidad carismática y estilo iconoclasta fueron extraídos directamente de, nada más y nada menos, el muckraker Hunter S. Thompson. Muchos conoceréis el personaje de Thompson gracias a las películas “Miedo y asco en las Vegas” o “Los diarios del ron”, en las que fue interpretado por Johnny Depp, pero fue mucho más que un personaje de ficción. Es el creador del llamado periodismo gonzo, un género cuyo caldo de cultivo fue la revista Rolling Stone, en el que se establece una forma subjetiva de acercarse a la noticia, concediendo mucha importancia al contexto y situando al propio escritor como protagonista, haciéndolo parte elemental del artículo. Es un movimiento que ha sido muy asociado aa la corriente beatnik y a la contracultura, elementos muy presentes en Spider Jerusalem. Además, los dos personajes son excesivos y usan el alcohol y las drogas como forma de alterar su propia percepción y eliminar de si mismos la objetiva mirada del periodista. El paralelismo entre ambos va tan lejos, que incluso las dos ayudantes que Spider tiene no son más que representaciones de Deborah Fuller y Anita Bejmuk, asistente y esposa de Hunter.

La acción comienza cuando han pasado cinco años desde que alguien tuvo noticias de Spider, el periodista más violento y entregado que podáis conocer. El éxito le había llegado gracias a un libro lleno de odio sobre la campaña del terrible candidato a la presidencia al que apoda “La bestia”. Además, escribía una columna en el mejor periódico de la ciudad. Pero la fama le impidió sumergirse en la calle e introducirse en la porquería, algo indispensable para él. Dejó de poder escribir, acabó harto y se retiró a un lugar alejado del ruido y los olores de la ciudad en la montaña. Sin embargo, se ve obligado a volver porque debe a su editorial dos nuevas obras y tiene que cumplir con un plazo. La única forma de cumplir con el trato es regresar y encontrarse de nuevo con los más bajos instintos humanos para inspirarse y conseguir material sobre el que escribir.

Con los rasgos del personaje ya dispuestos y las intenciones claras, Transmetropolitan se dedica a abrir a la sociedad en canal. Estudia cada uno de los aspectos deleznables que puedan habitar en la civilización y los desmenuza usando un humor ácido y violento. Y, claro está, no faltan referencias a algunos movimientos sociales, la religión y la política en esta obra.

He de admitir que esta, como cualquier otra obra, no es perfecta. Para muchos, va perdiendo fuerza según se acerca al final de sus sesenta números, y hay algunos arcos argumentales que, definitivamente, son mucho más disfrutables que otros. Pero creo que es un cómic que no puede faltar en la estantería de un buen lector de tebeos. Y, por supuesto, en la de ningún periodista. Ellis da una clase magistral de inconformismo, nos enseña a actuar contra la realidad que nos rodea, algo que hace mucha falta en el día a día de cualquiera; y utiliza la exageración para hacer un retrato increíblemente fiel de aquello en lo que nos hemos convertido.

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