Birdman

Hollywood es complicado. Allí la industria del cine de grandes presupuestos ha creado un microuniverso en el que las cosas no se rigen por las mismas reglas que se nos aplican al común de los mortales, como si la ficción que producen hubiera tomado las riendas de la realidad y todo se hubiera convertido en apariencia, vodevil y efectos especiales . Y ellos lo saben, siempre lo han sabido. Desde que vivieron su gran auge allá por la década de los años veinte, de vez en cuando deciden sacar el espejo para mirarse de cerca los defectos y recordarse a si mismos que los tienen. Lo ha hecho Cronenberg con Map to the Stars, lo hizo Barry Levinson en Algo pasa en Hollywood, lo logró Curtis Hanson cuando dirigió la adaptación de la novela de James Elroy L.A. Confidencial, y por supuesto lo hizo Alejandro Gonzalez Iñárritu con Birdman, la película que el año pasado le hizo levantarse más de una vez en la gala de los Oscars para recoger una estatuilla.

Birdman

Michael Keaton es un actor que alcanzó el punto álgido de su popularidad a principio de los noventa gracias a que Tim Burton le había otorgado el privilegio de interpretar alguno de los papeles protagonistas en parte de sus películas mejor valoradas, como fueron Bitelchús y Batman o Batman vuelve. A lo largo de esta década, el actor continúo teniendo cierta presencia en la gran pantalla, pero su figura fue desapareciendo paulatinamente y se le relegó a trabajar en películas cada vez más pequeñas cuyos títulos suenan a pocos. Luego llegaron las nuevas versiones de aquellos largometrajes que le hicieron alcanzar la fama y el testigo del hombre murciélago fue recogido por Christian Bale, así que Keaton quedó relegado al recuerdo de los más nostálgicos que siguen defendiendo que aquellas versiones de Burton son mejores que las realizadas por Christopher Nolan. El papel de mayor categoría al que le habíamos visto aspirar últimamente era el de villano melodramático en el innecesario remake de Robocop, por lo que era justo pensar que había llegado a convertirse en una simple cara conocida que presentar en series y películas como le ha pasado a otros y es el caso, en cierta medida, de Sigourney Weaver. Sin embargo, Iñárritu se interpuso en este descenso a los infiernos del intérprete cuando le ofreció ponerse en la piel de Riggan Thomson y actuar bajo su mando en Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) para interpretar su propia vida, pues Riggan no es más ni menos que una estrella que después de haber logrado la fama con un papel de superhéroe ha acabado perdido entre el montón de estrellas que Hollywood produce. Trata de darle un nuevo rumbo a su vida, luchando contra su enorme ego, recuperando las relaciones totalmente rotas con su familia y preparándose para el estreno de una adaptación teatral en Broadway de un texto de Raymond Carver, que es tan sólo un intento de lograr algo de prestigio y que la crítica le redescubra como actor profesional y director.

Cuando decidió comenzar este proyecto, González Iñárritu estaba en cierto modo pasando por una situación que podría tener paralelismos con la de Keaton. Tras cosechar un gran éxito de crítica en México con Amores perros, había dado el gran paso hacia la gran industria de Estados Unidos y había logrado que grandes estrellas participaran en 21 gramos y Babel, otros dos films de gran carga dramática sobre el lado trágico de la vida y lo cruel que puede llegar a ser. Luego, dejó de trabajar con su guionista habitual, Guillermo Arriaga, y la crítica hizo mella tras el estreno de Biutiful, donde se le acusó de ser repetitivo y autoparódico por reutilizar por cuarta vez la fórmula de drama coral de personajes marcados por duros acontecimientos. Estaba corriendo el riesgo de convertirse en uno de esos directores que han sido elevados hasta lo más alto por la crítica y el público para acto seguido dejarlos caer fabricando una masacre. Pero topó a tiempo con una historia alejada de su terreno habitual que le ha reconciliado con muchos de aquellos que ya lo tomaban por perdido y daban por hecho que había comenzado su decadencia.

Ambos, director y actor, tomaron la ayuda del otro para elevarse  y escapar de estas desgraciadas situaciones y, junto a otros como Edward Norton, Naomi Watts, Emma Stone o Zach Galifianakis; llevaron a cabo un proyecto que no sólo les valió cuatro nominaciones a los Oscars, sino que fue catalogado por crítica y público como cine de alta categoría.

La elección de Keaton para llevar a cabo el papel de un actor que fue superhéroe y se encuentra en las horas más bajas de su carrera no podía haber sido más acertada. Iñárritu sabía que mucha parte del  público conocía la odisea de Keaton y eso ayudó a que se sumergiera en la historia con mucha facilidad, pero el juego de la metaficción no se detiene ahí, sino que Norton también interpreta a un actor de método con tanto talento como capacidad para crear problemas, un trasunto del Norton de la vida real. Ironía atada a la realidad que se desenvuelve a lo largo de toda la película de manera constante en la que descubrimos a actores inseguros, un público que sólo reclama una satisfacción inmediata y una crítica que descalifica las obras sin haber llegado a verlas, únicamente por el retrato superficial que tiene de los que participan en ella. Todo ello rodado en un falso plano secuencia en el que suena constantemente la música de batería, que funciona como un termómetro que muestra el grado de intensidad emocional de su protagonista, que es incapaz de comprender el mundo en el que vive y necesita otro en el que se pueda sentir más aceptado.

Este drama existencial, mal vendido como una comedia y que retrata de manera muy acertada y visceral la industria cinematográfica de Los Ángeles, no se aleja tanto en realidad de las anteriores películas de este director, porque también cuenta una historia coral en la que tratamos con personajes vapuleados por la vida, que se encuentra viviendo en la línea que separa los que es de lo que le gustaría ser. Ha cambiado sus formas a la hora de dirigir, ha introducido cierto alivio cómico, pero mantiene la intensidad dramática. Porque es cierto que el protagonista de este guión puede resultar gracioso dentro de su propio patetismo, pero no es más que un hombre al límite para el que el suicidio es una opción a tener en cuenta como método de escapatoria, capaz de matar a alguien y que no produce pena cuando descubrimos de dónde viene y dónde ha acabado.

Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) con una narrativa que no pierde el ritmo y no deja al espectador perderse, construida un en plano secuencia de dos horas y decorada con una banda sonora construida de manera tan acorde al estado mental del protagonista, es fiel a los intereses del director y no está tan separada del resto de su filmografía como podría parecer a primera vista. Sin embargo, los cambios que realiza y el uso de la ironía le han sentado bien y le han llevado a conseguir una película magnífica que no sólo es posiblemente su mejor trabajo, sino que ya es historia del cine. No os la perdáis.

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